EL EGO DEL ESCRITOR (REPRÍS)
"¿A nadie de tu profesión se le ha ocurrido que mi madre lo que quiere es medirse con los muertos ilustres?"
- El hijo de Elizabeth Costello
Cuando empecé a escribir, mucha gente me preguntaba si aquello venía de algún rincón de mi familia. La mayor y única constancia que tenía de alguna manifestación literatia en mi casa o en la de mi abuela o en la de mis primos son algunos libros, sobretodo de Dan Brown, que leía mi tía Eva, que en paz descanse.
Técnicamente, mencionar solo a mi tía Eva no completaría al 100% la respuesta. De pequeño, recuerdo que se organizaban risorios concursos de poesía en el colegio de monjas al que iba. Alguno habría que no lo fuese, pero casi todos los poemas iban sobre santos o el pueblo de Porcuna en general. Mi madre me ayudaba a escribir los míos.
Desde entonces, mi madre no había vuelto a «escribir». A veces me imagino que tiene un cajón secreto en la casa de su madre, a la vuelta de la esquina de la nuestra, con papelajos garabateados y poemas manuscritos. Sería una tontería que yo dijese esto, pero es que mi madre sin escribir ni haber estudiado nada de literatura, ni nada en general, tiene más premios literarios que yo. Esta competencia familiar que yo me he inventado apunta a un marcador de cinco novelas, varios relatos cortos y un montón de poemas a valor de cero premios contra un relato corto y autobiográfico a valor de un premio.
Yo pensaba que mi mayor competencia como autor eran los cuatro evangelistas y Paz Padilla, porque los únicos libros en casa de mi abuela son la Biblia y la biografía de esta presentadora de televisión. Los míos no los cuento, porque la demencia le impide leerlos—no sé si fue mi tía Carmen, mi ta, la que dijo una vez que si mi abuela estuviera sana, estaría todo el día llamando a sus amigas diciéndoles «mi nieto es escritor».
Pero no. Al grupito se ha sumado mi propia madre, y eso en mi cabeza cobra una relevancia explosiva porque yo mismo fui el que le corrigió el texto y lo transcribió a ordenador. He creado un monstruo.
Los dos únicos trabajos que ha tenido mi madre, quitando ser mejor que yo, han sido como cajera de un Masymas y limpiadora cuando los horarios del ayuntamiento lo permiten (muy de vez en cuando). ¿Habrá un no jiennense leyendo esto que no sepa qué es un Masymas?
Toda esta paranoia de madres e hijos me recuerda a una novela que tengo que comparar con Al Faro de Virginia Woolf para la facultad.
"Cuando me encuentro con personas que han conocido a mi madre en el pasado, tengo la impresión de que se lo inventan todo y que esa persona de la que hablan no es mi madre"
- Violeta, hija de Dayana
Elizabeth Costello, la de la primera cita y a cuyo hijo he dejado anónimo a propósito, es en la novela del mismo nombre una anciana escritora que vive dando conferencias en universidades y es alabada por todos los maestros con los que se encuentra. El hijo es profesor de ciencias.
Dayana es en Mi Amor en Vano de Soledad Puértolas una cantante, actriz y modelo retirada que ahora se dedica a pasear a sus dos perras y cuidar de su madre y su suegra, las dos de noventa años, con un marido ex-fumador y que trabaja escribiendo prensa deportiva en los periódicos. La hija sí tiene su nombre en la cita: Violeta, primero porque es mujer y segundo porque yo tengo un sentimiento unilateral hacia los amigos de mis padres, el cual solo podría definir como una indiferencia pasota que a veces tontea con el odio. Tranquilos, lectores fuera de Porcuna, que ellos ni sabrán que este blog existe.
Siempre admito cuando alguna vez emana hablar sobre escritores que somos todos unos egocéntricos, pero que cada uno tenemos nuestra manera demostrarlo o disimularlo, unos con cartas abiertas a la mediocridad del resto y otros difuminado en una personalidad inconsciente.
Estoy harto de escuchar a una de mis profesoras decir que todos y cada uno de los escritores, si escribimos, lo hacemos para ser reconocidos. Un par de veces he intentado defender el lado opuesto en clase, no porque me represente a mí, sino porque conozco a buenas personas que nos buscan eso y ellos (sobretodo ellas) sí merecen que yo levante la mano para decirle a esa señora «oye, que también existe el altruismo».
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