LOS OJOS DE LA LITERATURA MIRAN AL UNIVERSO
"Interrogo al infinito y a veces lloro"
- Antero de Quental
Un siglo antes de que naciera Cristo, Lucrecio escribió la que mucha gente considera la mejor obra de poesía romana. Esta no venía con el trato de los miles de viajes de un héroe, sino el de los miles de viajes que uno podía dar para descifrar el mundo.
Así, De Rerum Natura por su título en latín expuso no solo el pensamiento de su autor; lo mejor era volver a dar vida a quiénes habían intentado ya explicar las cosas. En este caso, doctrinas como el epicureísmo y la filosofía atomista. Además, me veo obligado por mi naturaleza a destacar la no relevancia de una creación divina. Tampoco es que fuera aquello antropocentismo—mucho menos un adelanto del humanismo del Renacimiento—, pero al menos daba pie a manejar las casualidades.
El título de este texto resume muy bien la premisa a la que el ejemplo anterior nos lleva, y para colmo la envuelve en una metáfora que seguramente muchos habrán escrito alguna vez en un poema. Efectivamente, la literatura ha sido usada a lo largo de la historia para dar respuesta a varias preguntas, entre ellas las típicas «¿de dónde venimos?» y «¿a dónde vamos?».
De no ser utilizada para ello, de hecho, ha sido el medio de transmisión utilizado por las disciplinas que directamente se encargan del asunto. Y me refiero a la ciencia y la religión. Encontrar la razón de esto es tan fácil como entender que la escritura sirve para comunicarnos y que los micrófonos con altavoces no existían en las épocas en las que el origen del universo empezó a cuestionarse.
Ahora bien, si estamos aclarando una verdad universal (nunca mejor dicho), ¿por qué escribir ocho o nueve párrafos al respecto?
La verdad es que nunca o casi nunca hay una respuesta que exceda la mera curiosidad o una búsqueda más o menos egocéntrica de conocimiento. Podemos simplemente vivir la vida, sin preocuparnos sobre qué narices terraformó el mundo o por qué x gobierno lo hace bien o mal. Yace la sustancia de todo en que quizá luchar por entender aquellas cosas tan tontas nos haga menos susceptibles a la manipulación de algún medio de masas. Curiosamente, con eso justifica mucha gente la importancia de la filosofía.
Borges decía que lo mejor para entender el mar era leer poesía escrita por portugueses, que bien es cierto, y si le preguntas a un talasofóbico por qué teme lo que teme te dirá que porque no lo conoce y además algo tan vasto no podría existir solo para criaturas tan pequeñas. Casualmente—de casualidad no tiene nada—, aquellos que creen en la existencia de extraterrestres suelen utilizar la siguiente comparación:
—¿Tú construirías un hotel si solo se va a hospedar en él una persona?
Tenemos los seres humanos algo inherente que nos incita a dar explicación a lo que no conocemos. ¡Oh, sorpresa! La literatura sirve para plasmar los cuentos mentales que tenemos al respecto.
Recuerdo una conferencia de un profesor de arqueología sobre cómo surgió el mito de la Atlántida, qué pasó para que le rodeara una pseudociencia y qué tantos ilustrados hay buscándola hasta el punto de salir en The Wild Proyect. Todos estos, sean o no doctores en un campo distinto, dan charlas por Andalucía «explicando» que Jaén es un vestigio atlante.
He aquí el ejemplo perfecto de que Doña Cultura—y literatura; esta gente tiene libros en Alfaguara—es la matriarca de razonamientos veraces o no, ojos que miran al universo.
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