AHÍ ES CUANDO LLORAS. IMPLICACIÓN Y DESVINCULACIÓN EMOCIONAL A LA HORA DE ESCRIBIR

 "El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción humana, las creencias y los valores de los seres humanos"

                                                 - John Gardner

Este texto recordará mucho a uno llamado El Sacrificio emocional de Escribir y por eso Dejarlo, publicado aquí mismo el día 7 de diciembre de 2025, que creo recordar cayó entre semana.

No es coincidencia que en ambos títulos se repita la palabra «emocional»; aunque ya ese 7 de diciembre estuvimos bien-pensando sobre un tema parecido si no casi el mismo, hoy lo idóneo es ahondar en el antes y el después.

Siempre hemos tendido los autores a introducir pequeños detallitos autobiográficos en nuestras obras, las mismas que vendemos como si no lo fueran. A día de hoy, es difícil identificar si un libro propiamente autobiográfico, véanse los de los famosos televisivos de turno, han sido maquillados en su backstage con ficción. Esta a veces viene en calidad de nombres cambiados—quien se llama Enrique ahora es John Johnson—, edificios que nunca fueron construidos o directamente en forma de realismo mágico.

Eso en términos literarios, ya que en términos morales perfectamente puedo inventarme que salvé a una abuela de ser atropellada cuando en mi vida me he preocupado por nadie mayor de 40 años. Se entiende el ejemplo, ¿cierto?

Ese es un tema muy interesante que acapara clases de retórica y literatura contemporánea, pero en mayor escala de dificultad de análisis ubico yo al caso opuesto. ¿Quién nos asegura que una novela vendida como ficticia, imaginemos sobre una invasión extraterrestre, no ha sido maquillada con pintalabios autobiográfico?

Es una gran casualidad que justamente el protagonista de un libro tenga que lidiar con el hecho de ser huérfano mientras que el autor perdió a sus padres en un accidente. Puede decirse de forma más sutil: qué casualidad que justamente el protagonista sea huérfano mientras que el autor se ve menospreciado por su madre.

Desde el punto de vista del lector, esto puede ser una oportunidad clave de estudio: «chicos, ¿hasta qué punto estamos condicionando sin querer la literatura? Y dentro de eso, ¿hasta qué punto la forma y el contenido necesitan al contexto del autor?». Pero la cuestión del escritor es otra, porque la vida retratada, bien o mal, es la suya. De hecho, he usado antes la expresión «sin querer» porque muchas veces el escritor / escritora lo hace inconscientemente. No venimos fabricados con un interruptor que active o desactive la inserción.

Lo que estamos describiendo no sería preocupante, mucho menos caso de psicólogos, si no fuera porque la fragilidad humana tiende a perturbar. Hay quiénes perciben ese maquillaje vital años después de haber publicado y se arrepienten. Quizá por vergüenza, miedo a la sobreexposición o a las represalias.

El armamento poco preparado contra un trauma puede no lograr del todo—en absoluto—que aquello sane. Volver a sacar cosas a la luz brinda una posible revictimización y que el dolor regrese igual o más fuerte.

Esto no niega, por supuesto, que al menos al principio se produzca una catarsis o liberación emocional, ese «¡por fin lo he soltado! Qué guay quitarme un peso de encima», aunque en ningún caso habría de confundirse esa sensación con hablar los problemas directamente a la cara.

De igual modo, es lo correcto recalcar que un libro no es un hijo (o un gato, con lo que se identificarán mejor las generaciones actuales). Son curiosas las metáforas que se suelen decir al respecto, pero ese pensamiento se vuelve insano cuando va acompañado de tomarte la opinión pública muy en serio, de introducirte en una espiral de soberbia, miedo y sobreprotección.

Si el autor estima en tal punto su obra, es lógico que se torne hipersensible a la crítica o que sufra una suerte de reminiscencia al parto en la fase de post-publicación—si una madre sube al estado de WhatsApp la foto de su recién nacido, ¿lo podemos asemejar a que un escritor enseñe la portada de su novela?

No podemos irnos, creo yo, hasta apuntar también el foco en el hermano malvado de esta problemática: a lo mejor mi libro me importa un pepino e incluso me quiero despersonalizar de él.

En primer lugar, y esta tesis solo la voy a dejar en la pregunta, ¿para qué escribirías algo si no te importa o no te representa? No eres un capitalista feroz, porque entonces sabrías que solo el 1% de España vive de escribir ficción. Una causa perdida, vaya.

Sobre la despersonalización, es obvio que tenemos el derecho de que no nos guste algo que hicimos hace x años. Mucha gente piensa que es símbolo de progreso; hemos aprendido a escribir mejor. Otros toman la vía de siempre respetar a la primera obra, porque lo inició todo. Para gustos los colores.

En conclusión, diría que en un mundo tan apresado a la imagen externa que se muestra, al disfraz de ya sea el lujo o la felicidad, no se facilitan las suficientes herramientas para tratar las «bajezas», si es que de verdad son bajas, de la personalidad real. Esa fase que nunca se hace visible es la verdaderamente compleja, y plasmarla en un poema no basta para ponerle una tirita.

Una vez te das cuenta del error. Ahí es cuando lloras.

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