DIÁLOGOS AL SERVICIO DEL SUBGÉNERO
"«Ser» significa comunicarse dialógicamente. Cuando el diálogo termina, todo termina"
- Mijail Bajtín
No sería la primera vez que suspiro si me quejo de haber visto la Poética de Aristóteles—ya no solo eso, sino la misma definición de dentro—en tres asignaturas distintas.
Siempre se mantiene esa atención por la catarsis, lo sublime y cómo no la mímesis, el conocimiento a través de la imitación.
En la literatura y, por ende, en aquello que tiene más o menos literariedad, el diálogo nos sirve como recurso mimético, imitador, para representar el habla, pero también nos es una herramienta estructural que modela la relación autor-personaje-lector.
Ahora bien, podríamos decir que cada obra es «de su padre y de su madre». Aquí un ejemplo con el tema de los diálogos:
—Y así terminó su amor—dijo Elizabeth con impaciencia—. Creo que ha habido muchos que lo vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.
[Orgullo y Prejuicio de Jane Austen]
—¡El agua o el cuchillo!—articuló finalmente Parfión—. ¡Je! ¡Si se casa conmigo es porque la espera el cuchillo! ¿Pero es que tú, príncipe, no has comprendido hasta ahora de qué se trata?
[El Idiota de Dostoyevski]
Por un lado tenemos a una de las primeras comedias románticas en la historia de las novelas y por otro a una amalgama que combina realismo psicológico con social. Entre ambas hay una diferencia cronológica de cincuenta y seis años.
Los diálogos de la primera son equilibrados y corteses aunque con una ironía sutil, mientras que los de la segunda son caóticos, interrumpidos y no ocultan su objetivo de sacarte de onda.
Ni por asomo quiere decir eso que una sea mejor que la otra, sino que el diálogo y el sistema que lo conforma depende en gran medida del sistema del propio libro. Una de las llamadas novelas filosóficas, como podría ser El Extranjero de Camus, será más propensa al monólogo y a la oscuridad en el lenguaje que una policíaca, que abogará por la claridad y el intercambio.
Justo la idea de redactar este texto vino de un empleo inusual pero sin duda adecuado de un sistema de diálogos o, mejor dicho, de su obtención interactiva. Me hallo hablando del videojuego Carimara: Beneath the foldom Limbs, en el que encarnas a eso, un carimara encargado de expulsar a un espíritu de la cabaña de una anciana.
Y, seamos sinceros, ¿quién iba a decirnos que desbloquear opciones de diálogo según cartas asociadas a temas de conversación iba a encajar tanto con un folk horror cuyo color predominante es el gris azulado? La experiencia, como tal que es, se involucra en llevarte al misterio de una historia la mar de sencilla, paso a paso, y aún así darle su respectivo repelús.
Podría remontarme a varios estudiosos para ilustrar la importancia de esto. Uno es Paul Freire, introductor del aprendizaje dialógico, por el cual estudiantes y educadores construyen vías de conocimiento a través del diálogo. Esto sería más tarde desarrollado por el psicólogo Lev Vigotsky y el sociólogo José Ramón Flecha García.
Pero claro, en términos de estudios literarios no podemos olvidar mencionar a Mijail Bajtín; por algo existe el concepto de dialogismo bajtiniano. Se refiere a que todo discurso está construido a partir de la idea de «un otro», por lo que es esencial un intercambio de voces. Así, el lenguaje no es un hecho aislado o de la naturaleza, sino algo nacido de la interacción, una pregunta que siempre busca respuesta.
Les dejo entonces con la idea del diálogo como columna vertebral de la variación en historias, deseando que les lleve a hacerlo columna vertebral de su subgénero, que bien puede ser la vida misma.
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