EN DEFENSA DE LA AUTONOMÍA DEL PERSONAJE

 "No hay mejor cosa para el funcionamiento de la sociedad que el desacuerdo intelectual civilizado y argumentado"

                                              - Ioana Gruia

La frase «usted sabe que vivimos en un mundo...» es directamente proporcional a «está bien, pero...».

Lo que causa estas muletillas es una exposición previa de un proyecto generalmente artístico a través del cuál se ha dejado ver cierto tema capaz de causar controversia en algún sector del público.

Pondré de esto dos ejemplos: uno es la reacción de mi madre al ojear un relato que envió en mi nombre a un certamen. Aquel era un diálogo del coprotagonista que decía lo siguiente:

—¡Vete a tomar por culo!

El segundo caso es el de la defensa de una tesis sobre la tematización de la violencia en la literatura colombiana. La doctoranda expuso el caso de una antigua sociedad del territorio que obligaba a las mujeres a abortar. Por supuesto, se montó un debate entre los profesores allí presentes.

Admito que, por subjetividad, me centraré en el primer caso. Sin entrar en la trama de la obra, ¿por qué ese personaje dijo eso?

He de remontarme a la propia definición de «personaje». Su segunda acepción en el diccionario de la RAE es «cada uno de los seres reales o imaginarios que figuran en una obra literaria, teatral o cinematográfica».

Analicemos estas palabras. Seres.

Eso ya nos provoca una comparación con la persona, el individuo con raciocinio, con costumbres y pensamiento propios.

El personaje es básicamente, por dar una descripción propia y característica, la representación de x ideales, emociones, estereotipos e imágenes en general que asociamos a las personas del mundo real en forma de un individuo con más o menos ficcionalidad.

La respuesta a la pregunta de antes se da sola de esta forma: porque piensa así. Es lo que cree, sus padres lo educaron así, eso dice su política o religión, etc.

Rompo una lanza a favor del personaje que como estadounidense de segunda mitad del siglo XIII ha de ser independiente.

Un autor que ofrece a su público obras de calidad no puede introducir por la fuerza su política en sus personajes. Una persona heterosexual puede escribir personajes homosexuales y viceversa, por ejemplo.

No existe aquí el discurso de la apropiación cultural.

¿Qué chiste tendría pues, y esto lo comenté yo con mi madre, que un libro fuera utópico, con una panda de caballeros burgueses bien hablados y estudiosos?

En tal libro no existiría el conflicto. No lo podría hacer yo, pues no daría paso al thriller psicológico que caracteriza mi prosa (entendiendo este como el conflicto intelectual entre personajes).

Saqué de una clase de Literatura Comparada la cita que tienen arriba, siendo la mujer que la pronunció mi profesora, además de una poeta destacada y de quien me reveló la historia de la doctoranda. Concluyo este texto diciendo que no podía tener más razón en sus palabras.

Ahora dejaría el diálogo completo que causó la curiosidad de mi madre, pero me lo ahorraré por no saltarme las bases del certamen.

Sean también ustedes independientes y no se dejen censurar.

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