ANTES DE IRNOS A DORMIR. LA LEGITIMACIÓN MÍTICO-LITERARIA DE LAS MONARQUÍAS DE ÉPOCA
"Tú no olvides, romano, imponer a los pueblos tus normas; estas serán tus artes: imponer la paz, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios"
- Anquises, padre de Eneas, en el libro VI de la Eneida
Vimos en el texto de Pessoa que poder político y literatura han sufrido tensiones siempre que se han correlacionado.
Ahora bien, alejándonos de la modernidad y no por ello de la autoridad, no es secreto que las primeras civilizaciones tenían como requisito de poderío la posesión de escritura.
Ya fueran tablillas en Mesopotamia o jeroglíficos en Egipto, la ilustración a piedra del pensamiento consolidaba a un gobierno como tal y le daba derecho a una sensación de superioridad.
Al fin y al cabo, se escriben las leyes desde el «ojo por ojo y diente por diente»—de ahí a la Carta Magna de 1215 y futuras constituciones.
Por supuesto, personas son las que escriben y personas las que forman amistades. Con esto quiero decir que muchas veces se necesita algo más que un código; la credibilidad pende de un hilo y el propio pensamiento ha de respaldarte.
Es por eso que veremos cómo escritores de la historia fueron el mejor respaldo para sus gobernantes y su sistema jerárquico en general.
Como primer caso, Virgilio, el hombre de los tres estilos y considerado clásico universal, servía de poeta salvaguarda para el Imperator Augusto.
Al ser la Eneida una obra tan compleja, se diferencian varios métodos para su análisis, entre ellos el que nos compete: el sistema político del César. Es así la Eneida una profecía de los dioses romanos apoyando la fundación augusta como si se tratase de la primera.
Dos conceptos para fundamentar esto.
Al contrario que Aquiles en la Ilíada, Eneas se guía por la idea del deber (la piates > la areté / el deber > la gloria), lo que cuadra con la búsqueda de Augusto de una regeneración moral.
Además, los romanos inventaron su propia explicación de por qué la hegemonía mediterránea era de ellos cuando antes era de los griegos, el translatio imperii, es decir, el poder político se mueve y casi que el pez grande se come al pequeño.
—¿Nos pide la grada un segundo sospechoso?
—¡Pues se lo damos!
"No hay nación por bárbara que sea que no tenga gobierno y policía"
- Alonso de Ercilla
Poeta y soldado madrileño hijo de vascos, Ercilla fue adoptado junto a su madre y hermanas en la corte de Carlos V tras la temprana muerte de su padre. Adquirió la madre el título de dama y el niño el de paje del príncipe.
A los veintitantos, y con una formación envidiable, marchó a Chile para documentarse sobre la rebelión del pueblo mapuche, llamado araucano por aquella España. La palabra proviene del mapudungún «ragko» (agua gredosa) o del quechua «awqa» (salvaje), siendo Arauco una ciudad al sur de Chile y habiendo llamado los incas a los mapuches algo similar: «purumauca».
Contrajo allí compañerismo con el gobernador García Hurtado de Mendoza, cuarto marqués de Cañete, y participó en varias batallas. En una de estas vio morir al líder de la resistencia, el toqui Caupolicán.
Narró lo sucedido en un poema de 37 cantos al que puso de título La Araucana, dedicado al rey planeta Felipe II y protagonizado por el rival difunto.
Tanta fama tuvo que Miguel de Cervantes la salvó de ser quemada en la biblioteca de Don Quijote y la menciona Lope en su Dorotea.
De todo lo que hemos visto surge la confirmación de nuestra teoría. Le haría falta revisarla quizá a la prensa amarillista gubernamental, sea del partido que sea y del país que le plazca, y así al menos disfrutaríamos de más—y mejores—libros por las noches antes de irnos a dormir.
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