GARGANTÚA, PANTAGRUEL Y MEGA VICTREEBEL. NOS CHIFLA LA LITERATURA FEA
"Como un medio de contraste con lo sublime, lo grotesco es, en nuestra opinión, la fuente más rica que la naturaleza puede ofrecer"
- Víctor Hugo
Si existen dos comunidades, fandoms, en cuyas filas me alisté hará un tiempo desmesurado, son sin duda las de Pokémon y la literatura francesa.
Saben pues mis cercanos que mi libro par excellence es El Conde de Montecristo, que mi generación es la cuarta y que una de mis películas favoritas de Disney es El Jorobado de NotreDame.
En torno a esto último, aun no queriendo que sea el epicentro pero relacionándolo con el bonachón saco de tipos Planta y Veneno al que han llamado Mega Victreebel, he de admitir que uno encuentra gusto en temáticas sucias. Podría llamarse así a la conspiración de Mondego y Danglars contra Edmundo Dantes y al trato del pueblo de París con Quasimodo.
No obstante, me vengo a referir no solo a acciones antagónicas (al fin y al cabo, todas las novelas las tienen), sino a la estética—culposa u orgullosa—de lo grotesco.
Prueba es de ello el éxito que tuvo Cormac McCarthy en el mercado editorial o los tantos vídeos que nombran al juez Holden como uno de los villanos más sádicos y amorales de la literatura contemporánea.
Tanto Hugo como McCarthy supieron poner el ojo en naturalezas fácilmente censurables y manipularlas de peculiar forma para traducirlas en una épica.
Ahora bien, me remonto a algo más clásico, y me atrevería a decir «icónico», con la que se considera la obra fundamental del grotesco renacentista.
François Rabelais fue un autor, pedagogo y médico—¿ha puesto alguien Púas Tóxicas?— humanista famoso por su oposición a Juan Calvino, formulador del sensus divinitatis, y la Iglesia católica en general, habiendo sido él sacerdote.
El conjunto de obras que lo catapultó, allá por el 1532, recibió el nombre de "Gargantúa y Pantagruel". Las publicó usando como pseudónimo un anagrama de su propio nombre, Alcofribas Nasier, y el primer volumen, Pantagruel, era en realidad una secuela de la anónima Les grandes Chroniques du grand et enorme Géant Gargantua (Las grandes Crónicas del gran y enorme Gigante Gargantúa).
Las figuras de estos dos seres, padre e hijo, son totalmente sobrehumanas en el mal sentido. No dudaba Rabelais en compensar una prosa al principio pobre con series de humor escatológico, insultos de patio de colegio y quizá lo que hoy llamaríamos body horror.
El caso es el siguiente: ¿cómo es que esto nos encanta? Se me ocurren desde aquí algunas razones...
Desde el psicoanálisis, se nos presentan estos dos conceptos que nos son de ayuda: la teoría de la sublimación y el unheimlich.
La primera es la vieja confiable del deseo reprimido, pues quizá sea lo grotesco una muestra de los aspectos oscuros que no mostramos en público. De ahí el sublimarlo, es decir, convertirlo en algo aceptable.
Por las mismas ramas, el unheimlich (lo siniestro, aunque hay debate por la traducción), representa a lo familiar pero inquietante. Veríamos dicha ambivalencia en la distorsión de las características humanas que tienen por ejemplo los dos gigantes.
[El siguiente y último meollo involucra la filosofía de Immanuel Kant. Al autor de este texto le cuesta mucho explicarla, así que se disculpa de antemano ante posibles errores]
Finalizamos con la estética de lo sublime, habiéndola Kant entendido no como lo bello o despampanante, sino como lo que en esencia nos sobrecoge. El sentirnos pequeños y puestos de frente contra lo inexplicable como un gladiador contra un león sería lo que nos hace sentir asco y admiración al mismo tiempo. Eso o es simplemente una emoción de morbo.
Dicho todo lo decible por mi parte, quisiera expresar mi solicitud de que Mega Victreebel, que ha causado el mismo efecto del que hemos estado hablando, tenga por habilidad Corrosión, y así pueda envenenar a los tipo Acero.
Gracias por leer.
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