ESO QUE TENEMOS POR LOS BASTONES
"La conciencia, amigo, es uno de esos bastones que todo el mundo usa para apalear a su vecino"
- Honoré de Balzac
Hoy he bajado las escaleras hacia el salón de mi casa en el pueblo. Estaba pensando en que este texto se llamaría "El Escritor como Fumador". La relación, aunque yo no fume, es más que imaginable. Gracias, Camus.
De repente, una escena cruzó mi cabeza cual estrella fugaz. Me encontraba en la puerta de un reconocido sitio de poesía granadino cuando me giré a una amiga tras oír esto:
—¡Domingo! ¿Y tu bastón?
—Me lo he dejado en el piso—contesté.
—Es que estás desnudo sin el bastón.
Y efectivamente, Oscar Wilde, el segundo mejor autor inglés, nos metió en la cabeza que un escritor con bastón es más elegante, más atractivo.
Nueva escena. El día que estrené mi primer bastón, con la cabeza de un ibis egipcio, una maestra del colegio me dijo que parecía Antonio Gala. Sí, el que escribió "La Pasión Turca".
Ahora bien, ¿a qué se debe esto?
Nuestro compañero de caminos es un símbolo tópico en la literatura. Primero como sinónimo de poder, de autoridad, a lo casa de Bernarda Alba.
También su opuesto fue como vulnerabilidad y salud deteriorada, véanse la mayoría de personajes ancianos.
La fantasía, sobretodo "El Señor de los Anillos" con Gandalf el gris, hizo literalmente magia con los bastones. ¿Para qué quieres una varita, es decir, un palo pequeño, si puedes tener uno más grande?
Así, y con el paso del tiempo aplicado a la figura del noble señorito, el uso o coleccionismo de los bastones se hizo moda.
Dickens daba sus conferencias con bastón, Twain hacía humor con el suyo, Samuel Johnson fue quizá el primero...
En fin. Ahora, si me disculpan, voy a pseudocojear en un autobús para que me dejen sentarme. Muchas gracias y feliz año nuevo.
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